Beltenebros, de Antonio Muñoz Molina

Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca.

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Muchos años atrás yo había perdido el hábito de la desesperación.

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Pensé que únicamente eso me quedaba de entonces, el sagrado rencor de los arrojados y los perseguidos.

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[…]  cada ciudad, pensé, cada viaje, nos transfigura a su medida, como un amor reciente.

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Había aprendido que es posible volverse invulnerable actuando con una ficticia lealtad a los vaticinios de los otros

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Los efectos del amor o de la ternura son fugaces, pero los del error, los de un solo error, no se acaban nunca, como una carnívora enfermedad sin remedio.

El luminoso regalo, de Manuel Vilas

El Mal es inteligencia avanzada, solo eso.

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La gente vive y muere, no sabemos nada del interior de esos actos.

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Nadie es depositario del contenido de las vidas de la gente. No sabemos qué hay dentro, si es que hay algo.

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El Orgullo es como un agujero negro, una gravitación maligna, fruto de nuestra debilidad. Lo necesitamos para vivir más que el Amor. El Orgullo es un misterio.

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Coito y orgasmo son diferentes. El coito es permanencia. El orgasmo es decadencia. El placer de la decadencia. El coito es inteligencia humana. El orgasmo es biología animal, busca la reproducción, el mantenimiento de la especie. El coito no busca eso. El coito es nuestro avance sobre el reino animal.

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Contarlo todo es nuestra pasión de seres humanos inteligentes, la necesidad de relatar lo que nos pasó. Sin eso, no sabemos si estuvimos vivos. Necesitamos que alguien nos oiga, es un principio épico de la vida.

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Ningún gobierno puede gobernar sobre las libidos liberadas.

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¿Qué es la furia? Está vacía, la furia está vacía, y creemos que está llena.

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La lejanía del tiempo pasado, eso es lo que te mata.

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Las madres son las elegidas por la naturaleza. Porque la naturaleza es una vieja conservadora […].

El ruletista, de Mircea Cartarescu

La literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo.

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Desgraciadamente, y a pesar de todos mis esfuerzos, nunca he sido creyente, no he sufrido crisis de fe ni de negación de la fe. Quizá habría sido mejor serlo, porque la escritura exige drama y el drama nace de esa lucha agónica entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial.

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Cuando se trata de sangre, impera el silencio.

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La muerte individual de cada uno, el gemelo negro que nació junto con él.

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Aunque jamás consiga besar a su amada, el pastor pintado en una urna griega sabe al menos que la va a contemplar eternamente.

La fiesta de la insignificancia, de Milan Kundera

Vencerá el que consiga hacer que el otro se sienta culpable. Perderá el que confiese su culpa.

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El silencio llama la atención.

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Por desgracia, ni siquiera la broma más encantadora escapa a la ley del envejecimiento.

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[…] incluso el diálogo entre auténticos enamorados, si sus fechas de nacimiento están demasiado alejadas, no es sino una mezcla de dos monólogos que el otro sólo comprende en parte.

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La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre.

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Comprendimos desde hace mucho que ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia delante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio.

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino

[…] un libro (creo yo) es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir.

La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård

Cuando la visión de conjunto del mundo se amplía, no sólo disminuye el dolor que causa, sino también el sentido.

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El sentido requiere plenitud, la plenitud requiere tiempo, el tiempo requiere resistencia. El conocimiento es igual a distancia, el conocimiento es estancamiento y enemigo del sentido.

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La añoranza de otro lugar es tan fuerte allí como aquí, pero la diferencia es que la meta de la añoranza es realizable allí, pero no aquí. Aquí estoy obligado a buscarme otros objetivos y a contentarme con ellos. El arte de vivir, de eso estoy hablando.

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Escribir es sacar de las sombras lo que sabemos. De eso trata escribir. No de lo que ocurre allí, no de qué clase de actos se realizan allí, sino del allí en sí. Allí, ése es el lugar y la meta de la acción de escribir.

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Si alguno de los demás elementos de la literatura, como el estilo, la intriga, la temática, son más fuertes que la forma, o someten a la forma, el resultado será flojo. Por esa razón los escritores con un estilo fuerte escriben a menudo libros flojos. También por esa razón los escritores con una temática fuerte escriben tan a menudo libros flojos. La fuerza de la temática y del estilo ha de ser abatida antes de que pueda surgir la literatura. Es esta desintegración lo que llamamos «escribir». Escribir trata más de destruir que de crear.

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Las emociones son como el agua, se configuran siempre según el entorno.

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La literatura siempre ha estado emparentada con lo utópico, de modo que cuando lo utópico pierde su sentido, también lo pierde la literatura.